Trabajo de filosofía

Comer o no comer

Cómo las ideas de Aristóteles sobre la razón práctica, la phantasia y la habituación explican por qué a veces actuamos en contra de nuestro mejor juicio.

El problema de la akrasia

En varias de sus obras más influyentes —la Ética nicomáquea (EN), De Anima (DA) y De Motu Animalium (MA)— Aristóteles desarrolla su explicación de la acción humana. Afirma que toda acción surge de la cooperación entre deseo y razón mediante el silogismo práctico. Durante los últimos dos mil años, el problema de la akrasia, o actuar contra el propio mejor juicio, se ha utilizado para cuestionar la solidez de ese modelo. Sócrates descartó célebremente la akrasia como imposible: ningún agente obra mal sabiendo que lo hace (EN 1145b25-30). Sin embargo, sostendré que la explicación de Aristóteles no se limita a atribuir el problema a la ignorancia. Su argumento es más matizado: el conocimiento práctico puede quedar inactivo. La habituación refuerza además esta explicación al determinar la fuerza de deseos rivales y aclarar por qué algunos agentes son más vulnerables que otros.

La akrasia desafía directamente la teoría aristotélica de la acción. Si la conducta de un agente depende exclusivamente de la cooperación entre razón y deseo a través del silogismo práctico, parecería que, una vez juzgada mala una acción, el agente no debería realizarla. En la práctica, sin embargo, incluso alguien con mucha fuerza de voluntad puede encontrarse a las dos de la madrugada ante una porción perfecta de pastel de chocolate y ceder al deseo, aunque sepa que no es saludable y que dormirá peor. ¿Cómo puede una persona conocer la mejor acción y aun así no realizarla?

Razón, deseo y conocimiento inactivo

La explicación aristotélica de la acción contiene dos premisas. La premisa universal expresa lo que el agente desea o valora; la particular depende de la percepción, es decir, de aquello que tiene delante. La conclusión no es un pensamiento posterior, sino la acción misma (MA 701a7-14). Razón y deseo son motores conjuntos: ninguno produce por sí solo una acción. La razón identifica el fin, pero carece de fuerza motivadora; el deseo impulsa, pero no tiene un objetivo sin la razón. Su combinación genera una acción intencional y el movimiento hacia el bien percibido (DA 433a14-19).

Aunque el modelo resulta intuitivo, el pastel nocturno parece mostrar un caso en que esa cooperación fracasa. El agente deduce que comerlo sería malo y que, por tanto, no debería hacerlo. En un episodio de akrasia, sin embargo, el deseo parece convertirse en el único operador: comer el pastel contradice por completo el juicio racional. Surge así una tensión. ¿Cómo puede el deseo llevar a una persona a actuar contra aquello que la razón ya ha declarado incorrecto?

La respuesta de Aristóteles nace de su definición de «saber». Distingue entre poseer un conocimiento y utilizarlo activamente. La persona akrática sabe que el pastel no es saludable, pero no está empleando ese saber. Cuando alarga la mano hacia él, medio dormida a las dos de la mañana, funcionan a la vez dos silogismos rivales. Por medio de la razón sabe que comer comida basura a esa hora es insensato: esa es la premisa universal. Al mismo tiempo opera otro silogismo impulsado por el apetito: las cosas dulces son agradables —premisa universal— y este pastel es dulce —premisa particular—. La premisa particular del deseo está anclada en la percepción presente y por eso está activa. En cambio, la premisa racional «esta porción concreta es comida basura» queda inactiva porque remite a una consecuencia futura, abstracta y distante. Aristóteles compara ese conocimiento dormido con el de una persona ebria: el saber existe, pero no está disponible para orientar racionalmente la conducta (EN VII.3, 1147a10-14). Nuestro agente podría explicar que comer tan tarde es perjudicial, pero, entregado al deseo, ese conocimiento no ejerce influencia práctica mientras corta el pastel con un tenedor sucio. Como resume Aristóteles, esto explica «cómo es posible saber y, sin embargo, obrar de manera incontinente» (EN VII.3, 1147b21-22).

A primera vista, el argumento parece reformular con términos más sofisticados la idea socrática de que nadie obra mal a sabiendas. Si el agente akrático no está ejerciendo el conocimiento particular relevante en el momento de actuar, entonces nadie parece actuar realmente contra lo que sabe que está mal. Esa interpretación, sin embargo, no atiende a la explicación aristotélica de por qué el conocimiento queda inactivo. La teoría de la phantasia es la clave que permite integrar el deseo, la razón y la acción incluso en el agente más akrático.

Cómo la phantasia vuelve presente el deseo

Piensa por un momento en la mejor porción de pastel de chocolate que hayas comido. En serio: hazlo. ¿Qué sentiste al cortarla? ¿Qué cobertura tenía? ¿Cómo fue el primer bocado? Lo que acabas de experimentar no es percepción —probablemente no tienes un pastel delante—, sino una aparición producida por lo que Aristóteles llama phantasia: la facultad mediante la cual la experiencia sensorial pasada genera imágenes vivas (DA III.3, 428a1-4). En este experimento, la aparición seguramente no fue una imagen neutral, sino una representación del pastel como algo bueno y digno de perseguirse, formada a partir de experiencias anteriores. Eso es precisamente lo que empuja a nuestro agente de las dos de la mañana hacia las sobras.

Hagamos otro experimento. Mira el sol y pregúntate qué tamaño tiene de verdad. Ninguna teoría racional cambia el hecho de que, visto desde la Tierra, parece medir apenas unos treinta centímetros de diámetro (DA III.3, 428b1-5). Lo mismo ocurre con el pastel. Por muchas veces que el agente cierre la nevera, la imagen del pastel delicioso permanece, aun junto al conocimiento insistente de que comerlo sería glotonería. Esa aparición no es conocimiento racional; es el producto de una larga historia entre el agente y los pasteles de chocolate. Hace activa la premisa particular del apetito. No se trata de la proposición racional «el pastel es dulce», sino de una aparición que lo clasifica como un bien y alimenta el impulso de dar un bocado más.

La diferencia temporal entre deseo y razón refuerza la explicación del conocimiento inactivo. El agente puede desear verse bien en la playa, pero es el intelecto razonador el que transforma ese deseo en un plan orientado hacia un bien futuro. El deseo por el pastel, en cambio, está anclado en el presente. Para el agente, el pastel no aparece como una golosina perjudicial, sino simplemente como un bien, sin más (DA III.10, 433b6-10). La idea racional de que perjudicará su objetivo futuro carece de fuerza práctica porque es abstracta y no tiene un ancla sensorial presente capaz de competir con la poderosa apariencia placentera del pastel. Esta asimetría no es un fracaso de la inteligencia, sino una consecuencia de la manera en que razón y deseo operan dentro del alma.

Habituación y carácter

Para completar el argumento, debemos acudir a la explicación aristotélica de cómo se forman los agentes virtuosos. Así podemos entender por qué algunas personas son más vulnerables a la akrasia. Nuestra naturaleza permite adquirir virtudes, pero las virtudes del carácter nacen del hábito (EN II.1, 1103a16-27). La formación de cada persona influye en si, al abrir la nevera, la guía principalmente la razón o el deseo. Cada vez que el agente cede al apetito, fortalece ese deseo, alimenta la phantasia y debilita para la próxima ocasión la capacidad práctica de razonar sobre una elección saludable. Por el contrario, si estuviera habituado a disfrutar de una alimentación sana, el deseo de comida basura sería pequeño frente al deseo de una opción nutritiva; pasaría de largo ante el pastel y tomaría un yogur. La habituación explica no solo cómo ocurre la akrasia, sino por qué afecta a unas personas más que a otras. También explica cómo nuestro agente llegó a desarrollar un deseo tan intenso por el pastel de las dos de la mañana.

La afirmación de que la teoría aristotélica se derrumba ante la akrasia no reconoce la fuerza con que la habituación y la phantasia moldean los deseos de un agente moral. La persona akrática no es un contraejemplo, sino una prueba de que el modelo continúa funcionando incluso bajo deseos extremos. Cuando abre la nevera a las dos de la madrugada, razón y deseo siguen cooperando, aunque no de la manera óptima para producir la decisión más racional. La phantasia, alimentada por toda una vida de experiencias agradables, genera una apariencia de bondad que activa la premisa particular del apetito mientras la premisa racional queda dormida. La inmediatez del deseo deja al conocimiento orientado hacia el futuro sin la fuerza práctica necesaria para determinar la acción presente. Al agente no le falta el conocimiento racional; lo que falta son las condiciones para que ese conocimiento influya frente a un mar de placer achocolatado que lo ciega con deseo.